Desperté a los dos días en una habitación del hospital La Paz. El Doctor Sergio me informó sobre los detalles del mal que padezco; con toda seguridad “me dijo”, al nacer debí recibir un golpe en la cabeza que me produjo el hundimiento que tengo en la zona de la fontanela anterior, y a consecuencia del cual quedó dañada una pequeña parte de mi cerebro, causa de mis dolores de cabeza y desvanecimientos. No se anduvo con rodeos; sin entrar en tecnicismos para no aburriros, me aseguró que el mal no era operable y que aumentaría gradualmente con el paso del tiempo.
Al fin conocía al famoso lobo que llevaba en mi interior, y del cual me previno en su día el Abuelo Bill. Supongo “por pura lógica” que al nacer, mi cabeza impactó contra la losa sobre la que dio a luz mi Madre “en aquella oquedad natural en la que se refugió”, limitada por los efectos de las setas alucinógenas que había tomado, y gracias a las cuales consiguió que sobreviviéramos. Si fue cierto o no lo de aquella loba que supuestamente me amamantó nada más nacer, nunca lo sabré; aunque muy poco probable, por lo que conozco de las lobas, sí que pudo haber sucedido, pero claro, teniendo en cuenta la dosis de setas que tuvo que tomar para sobrevivir, tampoco me atrevo a dar mucho crédito a lo que según ella había sucedido. En cualquier caso entendí “y sigo entendiendo” que todas mis grandes anomalías “malas y buenas”, se deben a esa parte dañada de mi cerebro.
En el pasillo, junto a la puerta de mi habitación, siempre había algún policía custodiando el acceso a la misma, y por supuesto no me permitían salir para nada.
La primera visita que recibí, fue la del Comisario Jefe García. El buen hombre comenzó a relatarme lo sucedido; el dolor de cabeza me volvió a vencer, y el comisario sobrevivió gracias a la ayuda del agente que estaba en el pasillo, a la de varios auxiliares, y sobre todo a mi oportuno desmayo.
Abrí los ojos. El dolor de cabeza cedía, y el Comisario descansaba en un sillón ubicado a mi izquierda, cerca de la puerta “entreabierta”…
– ¡Comisario ¿qué le ha pasado, ha tenido un accidente o ha sido alguien? porque si es así, le aseguro que yo ¿eh, qué sucede? no me puedo mover Comisario! “me habían inmovilizado por completo a excepción de la cabeza, me sentía aturdido y el dolor retomó de nuevo su progresiva intensidad”.
(Comisario García) – ¡Cálmate chaval, por favor Sharf, por favor, trata de calmarte, si no te relajas te volverás a desmayar ¿es que no lo entiendes?! “sus palabras consiguieron tranquilizarme y aplacar el dolor”.
Su estado era lamentable. A simple vista, un collarín y el brazo izquierdo escayolado era lo más reseñable, aunque en realidad sus colores revelaban contusiones por prácticamente todo el cuerpo. Se había incorporado “con gran esfuerzo” y me hablaba sin acercarse a la cama, apoyado en la pared y sujetando la puerta…
(Comisario García) – Vamos a ver chaval, esto, mira, los médicos ya te han informado del problema que tienes en la cabeza, así es que lo que debes de hacer, es poner de tu parte todo lo que puedas para conseguir no ponerte nervioso ¿sabes? porque sólo así podré explicarte lo que ha pasado ¿entiendes?
– Sí claro, disculpe, tiene toda la razón, pero es que, al verle en ese estado, y como se que usted por su profesión tiene que tratar con tantos delincuentes, no sé.
(Comisario García) – Nada nada, no pasa nada, yo ya estoy bien, ahora lo importante es que consigas mantenerte sereno mientras te cuento lo que ha pasado ¿de acuerdo?
Otorgué con un gesto de cabeza y me dispuse a escucharle.
No se permitía la entrada a la habitación, a nadie que no fuese el Comisario García o personal autorizado del hospital. Por más que yo ponía de mi parte, el dolor terminaba haciéndose insoportable y teníamos que dejarlo “de momento”. El paciente y obstinado Comisario, necesitó varios días para conseguir explicarme con detalle, todo lo que había acontecido desde mi último recuerdo; el gentío, los coches de policía, la ambulancia.
Al parecer, y siempre según los testimonios de algunos testigos, Fanny fue víctima de un absurdo tirón de bolso por parte de dos jóvenes en moto. El que montaba detrás, tiró del bolso sin éxito, Sueño cayó al suelo, y los colores de su vida y la de nuestro hijo se desvanecieron al instante. Los miserables rateros pararon, tomaron el bolso de la mano de Fanny, y se fueron como si nada hubiese pasado.
Cuando me acerqué a Fanny, mi semblante era serio pero no alterado. No respondí a las preguntas de nadie. Aunque daba la impresión de que atendía a todo lo que allí se comentaba, parecía encontrarme en un estado de ausencia, inmerso en mis pensamientos. Olí el cuerpo de Fanny centrándome especialmente en una de sus manos “la que tocó el asesino para poder llevarse el bolso”, y acto seguido salí corriendo en la misma dirección en la que habían huido los que me quebraron la vida.
En plena carrera salté sobre ellos a la altura de Cuatro Caminos. El tráfico se detuvo, y gran cantidad de personas vieron sin atreverse a intervenir, cómo destrozaba sin piedad y con mis propios puños, el cráneo de aquellos dos hijos de perra. Al llegar la policía, los agentes me ordenaron parar con mi agresión de inmediato, pero todo era inútil. Yo seguía machacando los restos de sus cabezas, ajeno a todo lo demás y sin expresión alguna en mi rostro. En un principio intentaron sujetarme entre varios, pero al comprobar que lo único que conseguían era recibir golpes indirectos, no tuvieron más remedio que utilizar las porras hasta dejarme inconsciente.
El Comisario Jefe García, tuvo que echar mano de toda su influencia para sacarme de aquella. Fue él quien ordenó por seguridad la continua vigilancia de la habitación durante todo el tiempo que estuve ingresado.
En aquella su primera visita, y nada más comenzar a contarme lo sucedido, perdí la consciencia y salté sobre él. Apenas fueron unos segundos, me limité a cogerle del cuello con mi mano izquierda, y estamparlo en volandas contra la pared al tiempo que gritaba atormentado “¡¡¡no, no…!!!”. Afortunadamente no llegué a golpearle “supongo que porque no era esa la intención de mi subconsciente”. El caso es, que los golpes de la porra del agente que custodiaba la habitación caían en saco roto, y sólo mi desmayo fortuito y una buena dosis de calmantes, lograron acabar con aquella breve en el tiempo, pero interminable pesadilla a efectos de mi buen amigo el Comisario García.
También fue el propio Comisario quien me aconsejó, dadas las circunstancias, el regreso a Canadá.
Tomé pronto mi decisión, y así se lo hice saber al Comisario “para su mayor tranquilidad” antes de que me dieran el alta. Como él dijo “dadas las circunstancias”, lo mejor para todos era volver a mis montañas. De continuar en Madrid, las posibilidades de volver a tener problemas con la policía por destrozar la cabeza de cualquier delincuente, serían cada vez más altas a medida que el mal que padecía fuese aumentando, y por otra parte, tampoco había en Madrid nada ni nadie que me retuviese emocionalmente. Deseaba volver a mis montañas y sentir de nuevo esa sensación de total libertad que perdí al dejarlas.
Intenté despedirme del hermano de mi Padre y de sus padres, pero fue inútil. Benita entreabrió la puerta de servicio y me dijo “con evidente bochorno” que los señores no tenían nada que hablar con un innoble como yo.
Con mi tía Rosa y amigos no tuve ningún problema en ese sentido. Dejé los pisos a nombre de los hermanos de Fanny, y a Remedios el dinero que me quedaba a excepción de lo justo para realizar mi viaje.
A las once de la mañana del domingo 3 de julio del 83, despegó el avión que me trajo de vuelta al Canadá. Mi tía Rosa, Jesús, Cristina y Yolanda, se quedaron en el aeropuerto de Barajas hasta que el avión levantó el vuelo. Los cuatro habían insistido en que me quedara a vivir con ellos una temporada; “después del verano ¡ya veríamos!, me decían”, y por sus colores me consta que lo sentían de verdad.
Trésor Lagouarde, se empeñó en ir a esperarme al aeropuerto de Victoria. Los dos nos alegramos de volver a vernos, y durante el viaje a Fort Nelson le conté “sólo” los detalles que necesitaba oír en relación a mi aventura madrileña. De mi Abuelo Bill Young, no tenía noticias desde que partió rumbo a su tierra natal en Alaska, y tampoco de Christopher que se fue con él, haciendo gala una vez más “y quién sabe si quizás la última” de su carácter errante.
También Trésor insistió para que me quedara en Fort Nelson al menos durante algún tiempo, pero todo su esfuerzo fue inútil. Mi decisión era firme, y el 7 de Julio por la noche marché hacia el N.O., en dirección a mis montañas.
Portaba la misma mochila que me compré para viajar a Madrid, y en su interior; botas, calcetines, calzones, cazadora y pantalones de cuero cortos y largos, los diarios de mis Padres y mi álbum familiar “ahora ya con más de tres fotografías”. Bien amarrado a mi talle, el cinturón de caza con sus dos cuchillos de asta de ciervo, y acoplado firmemente a la pata izquierda del pantalón, mi mejor aliado en las montañas “el mazo”.
Los poros de mi piel parecían querer liberarse de su cautividad en mí cada vez con mayor terquedad según se acercaba el final de mi éxodo. Parado en la cima de las montañas del S.E. que bordean mi valle, me detuve a contemplarlo durante unos minutos; los olores, los colores, por un momento quise creer que todo había sido un sueño “¿o tendría que decir mejor, una pesadilla?”.
Cuervo no salió a las puertas del valle a esperarme como yo hubiese deseado. Tampoco había rastro reciente de lobo alguno. Las puertas y ventanas de la casa continuaban cerradas, y dentro de ella, la única diferencia era una buena capa de polvo.
Han pasado dos años, y dudo mucho que sobreviva al próximo invierno. El dolor de cabeza terminó por hacerse crónico; al principio insoportable cuando corría, y en la actualidad a penas puedo lanzar piedras sin que me desvanezca por la dolencia de mi daño.
No he vuelto a saber de Cuervo, pero sí de Lobo. A veces le veo cruzar el valle con otros de su manada; se ha convertido en un gran líder, de momento muy superior a su inmediato “aunque con el tiempo, ya se sabe”. No hemos tenido ningún percance entre nosotros, quizás porque cada uno estamos donde tenemos que estar.
Ahora sueño todos los días “siempre con ella”. Haberla conocido es lo mejor que me ha pasado, aunque para mi desgracia “dadas las circunstancias”, su recuerdo es mi mayor agonía. Una pena que me ahoga continuamente sin la piedad de apagar los colores de mi vida.
Debo despedirme sin más dilación, de quien pueda estar en ése otro lado del espacio tiempo; si no terminase ya con mi narración, mi último desmayo truncaría la cortesía del adiós.
Así ha sido mi vida; la buena o mala vida, de un privilegiado con súper poderes. Si ha merecido la pena o no el vivirla, no me corresponde a mí valorarlo, sino a quienes la lean “¡si es que hay alguien ahí!”.
fin
lunes 23 de noviembre de 2009
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